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#VozenOn / Cuarta temporada

 

 

 

Continente Redford

 

 

 

MIGUEL ÁNGEL OESTE

     
       

Ilustración: Luis Frutos

 

Uno. Robert Redford es español. Robert Redford es francés. Robert Redford es italiano. En realidad, es europeo, pero también africano, asiático, americano, de cualquier continente en el que esté dividido este planeta que respiramos. Robert Redford era valiente y vulnerable, era una mirada hacia el mundo a través de sus películas y de sus acciones.

 

Dos. En una sociedad como la actual, donde la privacidad ya hace tiempo que saltó por los aires, Robert Redford protegía su vida íntima; lejos de los neones vacíos de Hollywood y de todo el ruido diario. Su vida y sus películas iban de alguna manera en sintonía. Porque el actor quiso abordar historias en las ficciones que le preocupaban como ser humano y ser una persona comprometida con aquellos problemas que afectan a la Tierra, como el medioambiente.

 

Tres. Robert Redford nos agitaba. Era un amigo. Es lo que sucede con los grandes artistas. Son mortales, claro, pero también inmortales, nos muestran las mezquindades de la condición humana para llegar a ser más modestos y valerosos frente a los desafíos de la vida. Robert Redford nos hacía intervenir en nuestras vidas a través de las historias a las que él daba vida.

 

Cuatro. He vuelto a ver algunas de sus películas. En La jauría humana (Arthur Penn, 1966) es Robert Redford quien le da un tono compasivo a esta cruda película de plena actualidad, componiendo un personaje complejo, tierno y duro, repleto de cualidades piadosas. Una historia que respira a través del pulso de Penn y de sus intérpretes; no solo Redford, sino igualmente Marlon Brando. También volví a ver Memorias de África (Sydney Pollack, 1985), una de esas historias de amor que estallan de emoción gracias al carisma y magnetismo de Robert y Meryl Streep. Al regresar a estas pelis he querido recuperar otras tantas que me ayudaron a reconocer las miserias y fortalezas de la condición humana, como Los tres días del cóndor (Sydney Pollack, 1975); El mejor (Barry Levinson, 1984); Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976); Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969); El golpe (George Roy Hill, 1971); y tantas otras en las que el actor nos regaló su talento.

 

Cinco. Las interpretaciones de Robert Redford eran ejemplos de existencia. Un mosaico auténtico de emociones que impregnaban a los espectadores, un lienzo de amor, alegría, dolor, deseos, miedos, tristeza… al que daba profundidad o ligereza en función del personaje que construía para convertirlo en persona. Acaso fue un equilibrista de las emociones y los sentimientos, algo tan difícil y que tanto se echa de menos en estos tiempos de impostura.


Seis. Con Robert Redford, un actor del mundo, del universo –porque seguro que allá en las estrellas siguen disfrutando de él, proyectando sus películas y tratando de cuidar la tierra que habitan–, se nos va un hombre que intentó hacer las cosas bien dentro y fuera de la esfera pública. Solo por eso ya debería tener esa luz en el cielo, pero es que además compuso personajes inolvidables en películas eternas que nos hacen interrogarnos sobre qué somos en realidad.

                               
 Licenciado en Historia y Comunicación, Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1972) ejerce como columnista semanal todos los miércoles en aisge.es desde septiembre de 2022. Es autor de las novelas Bobby Logan (Zut, 2011),  Arena (Tusquets Editores, 2020), que obtuvo el Premio Memorial Silverio Cañada en 2021, y Vengo de ese miedo  (Tusquets Editores, 2022, premio Finestres de narrativa en 2023). Su obra más reciente, Perro negro (2024), es la versión revisada de Far Leys (2014), la novela que escribió en torno a la figura del malogrado genio del folk británico Nick Drake. En la literatura infantil y  juvenil ha incursionado con Carlota quiere leer (Anaya, 2020) y Sofía, la hormiga sin antenas (Anaya, 2022). Forma parte del Comité de Dirección de cine del   Festival de Málaga y dirige la Semana de Cine de Melilla

           

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