#VozenOn / Cuarta temporada
¿Dónde está la televisión?
MIGUEL ÁNGEL OESTE
Uno. La historia y el contexto de visionado han cambiado mucho en la última década, sobre todo en relación con las generaciones jóvenes. Hay niños y niñas de diez, once, doce años e incluso mayores que no han visto ni entienden la televisión tradicional, solo la televisión en Internet y en plataformas: Netflix, Amazon Prime Video, Movistar+, Disney Plus, Max, etcétera. Y este cambio revolucionario es una historia dentro de la propia historia de la televisión que sigue modificando nuestra manera de ver y de enfrentarnos al mundo.
Dos. “No veo televisión, veo YouTube o TikTok”, me dijo una chica de trece años. Y esta afirmación rotunda fue la que me llevó a escribir estas impresiones. La experiencia ha cambiado. Por supuesto, ni es mejor ni peor. Quizá va con esta época de urgencias y consumismos, en ese tono de brevedad y rapidez que devora el tiempo. La televisión convencional la ven mayoritariamente los adultos de la época previa a Internet. Y los programas producidos para la misma se consumen en formatos breves, una especie de clickbait que corre de un sitio a otro, pero sin asistir en muchas ocasiones a la experiencia completa.
Tres. Esto me lleva a pensar en las transformaciones de los propios contenidos. Es decir, ¿cómo cambia la creación? O incluso: ¿verdaderamente cambia? Está claro que la experiencia a la que se enfrentan los espectadores sí que ha variado, con los numerosos estímulos a los que se exponen mientras ven determinado vídeo. ¿Y las películas y las series? ¿Dónde quedan? ¿Acaso las plataformas no iban a revolucionar todo y, sin embargo, sus acciones se parecen cada vez más a las de la televisión tradicional?
Cuatro. Anuncios, programas de reality, eventos deportivos, musicales o lo que sea en directo… Esencia de esa televisión que iba a morir, pero que sigue de alguna manera, pese a que los jóvenes la vean con modelos diferentes, de forma fragmentaria, a velocidad acelerada. No podemos olvidar que antes de los 2000 los programas, películas, series, conciertos –lo que fuera que uno quisiera ver–, si no se encontraban en casa, debíamos grabarlos en VHS. Después de los 2000, las plataformas permiten disponer de ese contenido bajo demanda, algo que sin duda modifica los hábitos. Por supuesto, a esto se une que, en casos como las series, no hay que esperar una semana para ver su continuación, porque normalmente se programan completas y, además, sin cortes ni anuncios publicitarios. Aunque esto, curiosamente, empieza a revertir: no solo la publicidad, a no ser que se pague un paquete superior; también la propia periodicidad.
Cinco. La televisión —su manera de verla, de distribuirla, de llegar a los distintos sectores— está condicionada por los avances tecnológicos, pero también por los estudios de audiencias y lo que de ellos desarrolla la industria. ¿Hay una comprensión cultural e incluso vital de esto? ¿Acaso no se perciben síntomas de agotamiento y repetición? Nadie es ajeno a que la televisión es un medio económico, pero tal vez no deberían olvidarse los elementos culturales y sociales.
Seis. Seguro que si preguntamos a diez jóvenes “¿Veis Internet o televisión?”, la respuesta será concluyente. Las plataformas se han convertido primero en distribuidoras y luego también en productoras. El acceso a Netflix, a HBO o a Prime era diferente en sus comienzos, así como los contenidos de marca que diferenciaban a una u otra. En la actualidad, todo se parece demasiado. Todo juega a la mímesis. Hay tal cantidad de contenidos que es difícil diferenciar. La personalidad, claro, siempre la otorga el creador. Pero, ¿tiene esa libertad que se le concedía apenas hace unos años, cuando todo sonaba a épica y revolución? Porque los jóvenes se cansan. No ven televisión. Buscan otros modelos, estímulos y experiencias que, aunque vienen de la matriz, terminan mutando por el camino.
Siete. De ahí la paradoja, ha cambiado la manera de ver –y, por tanto, de mirar al mundo– no solo entre las nuevas generaciones. Se buscan experiencias únicas, pero la avalancha de producir contenidos se vuelve a parecer a modelos tradicionales. Por eso resulta tan pertinente la pregunta: ¿Dónde está hoy la televisión?
Licenciado en Historia y Comunicación, Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1972) ejerce como columnista semanal todos los miércoles en aisge.es desde septiembre de 2022. Es autor de las novelas Bobby Logan (Zut, 2011), Arena (Tusquets Editores, 2020), que obtuvo el Premio Memorial Silverio Cañada en 2021, y Vengo de ese miedo (Tusquets Editores, 2022, premio Finestres de narrativa en 2023). Su obra más reciente, Perro negro (2024), es la versión revisada de Far Leys (2014), la novela que escribió en torno a la figura del malogrado genio del folk británico Nick Drake. En la literatura infantil y juvenil ha incursionado con Carlota quiere leer (Anaya, 2020) y Sofía, la hormiga sin antenas (Anaya, 2022). Forma parte del Comité de Dirección de cine del Festival de Málaga y es director de la Semana de Cine de Melilla