#VozEnOn
Las películas de mi vida, con Miqui Otero
MIGUEL ÁNGEL OESTE
Uno. “No vais a olvidar esta noche jamás”. Con esta frase comienza la última novela de Miqui Otero, Orquesta, una ficción que se queda dentro de los lectores afortunados que se acerquen a ella. Una lectura apasionada como todo lo que escribe este autor. Una novela inolvidable escrita con precisión y elegancia, en la que compone una atmósfera única para hablar de la infancia, juventud y madurez mientras suenan las frustraciones y sueños de cualquier vida. Hablamos con él sobre los tímidos límites actuales entre el cine y la literatura y sobre esas películas que de un modo u otro forman parte de nuestra formación sentimental.
Dos. “Creo que nadie escribe a día de hoy sin echar mano de los recursos de composición y estilo que aprendió, en gran parte, gracias al cine. El arranque de Orquesta (una especie de prolepsis o flash forward con pistas visuales), el modo gaseoso en el que la narradora se mueve entre los corros de gente de la verbena, determinados montajes en paralelo… mucho de ello viene de ahí”, nos confiesa Otero, con esa conversación envolvente y ese carisma que le caracterizan.
Tres. En la charla vamos pasando de películas a libros como si unas y otros mutaran entre sí, como si formaran parte de algo mucho más grande aún: “Yo no retrataría tampoco la ciudad como lo hago sin haber visto el inicio de La ciudad desnuda, de Jules Dassin, ni daría rodeos en el inicio como los doy sin el arranque de El resplandor, de Stanley Kubrick (que en cierto modo está en la misma tradición que el de A sangre fría o el de Rojo y negro). Ni me habría obsesionado con el tiempo sin haber sido mi película favorita Regreso al futuro, ni entendería las zozobras de la mediana edad motorizadas sin Nanni Moretti: esa verbena en la que dice: "Mirar a la gente bailar está muy bien, pero imagínate bailar".
Cuatro. El autor de Simón absorbe lo que lee y ve, y tiene muy presente la “mirada hiperfigurativa y cercanísima al gesto”, pero también los movimientos bruscos de cámara, los montajes en paralelo, la tensión narrativa que surge de no enfocar algo, sino de sugerirlo a través de la cara (del gesto de reacción) de quien lo ve. Como expresa: “Mi literatura, como la de la gran mayoría de los que escribimos ahora, está contaminadísima del lenguaje del cine. La literatura te permite más digresión, quizá, un trabajo distinto con el lenguaje. La lectura no impone su ritmo de la misma manera. Pero hay un montón de cosas que tienen que ver con el esqueleto de las historias, o con cómo las articulas y organizas, que viene del cine.”
Cinco. Miqui Otero nos confiesa que empezó grabando en VHS con su hermana las películas de Qué grande es el cine, sentados en postura de indio frente al vídeo para parar la grabación cuando llegaban anuncios. “Luego transcurrió en cineclubes de todo tipo (hasta uno organizado por mí). Y ahora sigue como puede, en sala o en casa”.
Seis. El primer filme que cita es uno singular y arriesgado, El extraño viaje, de Fernando Fernán Gómez. “Una película que tiene casi todos los tonos que me gustan. La irrupción de la música en el pueblo, de lo extraño en lo costumbrista, del humor en el conflicto. Una peli, además, que solo se podría haber hecho aquí, integrada por risas, baile y miedo”, explica antes de nombrar otra audaz y atrevida como es 1,2,3 al escondite inglés, de Iván Zulueta. Otero nos revela que se quedó atrapado. “¿Cuánto? Un minuto, una hora, un día, un mes, un año, un siglo".
Siete. "Buñuel es, lo decía alguien más sabio que yo, una flor exótica”, afirma Otero. Y entre su inolvidable filmografía cita El fantasma de la libertad. “Tuve una fase algo insoportable en la que me obsesionaron las vanguardias surrealistas. Paseaba por ahí con una biografía a tres de Dalí-Lorca-Buñuel, mi libro de memorias favorito era El último suspiro, de Luis Buñuel, y jugaba con un colega a los anaglifos, unos juegos-poemas que tienes que inventar sobre la marcha, con imágenes sorprendentes. Bien, Buñuel era entonces (y es ahora) dios. El amo del juego. El que tiene la pelota. El que me descubrió que se podía mirar el mundo de otra manera, cómica, corrosiva, crítica, sorprendente. Elijo El fantasma de la libertad, con esa comida burguesa donde se sientan en el váter a la mesa, porque me parece casi un medley de estallidos, de grandes momentos, pero podría ser cualquier otra. De hecho, me obsesioné muchos años con El ángel exterminador”. Agrega que también podría haber elegido Amanece que no es poco, de José Luis Cuerda, pero al menos mientras conversamos el espíritu de Buñuel está presente.
Ocho. Otra de las cosas que más le gustan a Miqui Otero es poner a dialogar dos películas, tengan o no relación, más allá de sus “conexiones azarosas”. Y así empareja Laberinto de pasiones, de Pedro Almodóvar, y Los tarantos, de Francisco Rovira-Veleta. Mientras hablamos pienso que las dos son películas furiosas. “Ambas, sin embargo, atrapan una ciudad (una, Madrid; la otra, Barcelona) en un momento de transformación de su historia", matiza él. "Ambas exploran lo prohibido, cada una en su tono y vocación. Pero siendo tan rematadamente distintas veo una vocación de libertad muy grande en ellas. Y también un puñado de escenas más que memorables”.
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Nueve. En este juego de poner frente al espejo dos películas, Otero nombra dos cintas diferentes que muestran miradas personales sobre el mundo. Por un lado, Les amigues de l’Agatha, dirigida colectivamente por Laia Alabart, Laura Rius, Alba Cross y Marta Verheyen, y por otro, Estiu 1993, de Carla Simón. Como él mismo explica: “De algún modo las pongo porque creo que al cine español le faltaba cierto tipo de mirada que ha llegado últimamente. No lo digo porque sean obras firmadas por mujeres jóvenes, sino porque atienden de una manera mágica a las vibraciones emocionales y a los conflictos de las islas de las primeras veces, sean la adolescencia o la infancia. No son estrictamente costumbristas, están pensadas desde una complicidad rara, muy de cerca. Y aquí podría poner muchos ejemplos, incluso las más escoradas a lo social (véase Belén Funes), o las que se centran en la memoria familiar (Mar Coll). O estas otras dos que he puesto, que me emocionaron especialmente".
Diez. Quizás de eso se trate, de emoción. Como la que sentimos con la lectura de Orquesta: “No es una emoción genuinamente nostálgica, y mucho menos esperanzada, sino contradictoria: la emoción suspicaz del que no solo siente cosas, sino también las presiente.”
Licenciado en Historia y Comunicación, Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1972) acaba de reeditar en versión revisada Perro negro (antes, Far Leys, 2014), en torno a la figura del malogrado genio del folk británico Nick Drake. Es autor de las novelas Bobby Logan (Zut, 2011), Arena (Tusquets Editores, 2020), que obtuvo el Premio Memorial Silverio Cañada en 2021, y Vengo de ese miedo (Tusquets Editores, 2022, premio Finestres de narrativa en 2023). También le asiste experiencia en el ámbito de la literatura infantil y juvenil con los títulos Carlota quiere leer (Anaya, 2020) y Sofía, la hormiga sin antenas (Anaya, 2022). Forma parte del Comité de Dirección de cine del Festival de Málaga y es director de la Semana de Cine de Melilla.