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#VozEnOn


 

 La larga sombra de Elena Anaya

   

MIGUEL ÁNGEL OESTE

     

            

Ilustración: Luis Frutos

 

Uno. Hace unas semanas Elena Anaya recibió el Premio Ciudad de Melilla. La gala fue presentada por Cristina Gallego y Helena Ezquerro, y también se contó con la actuación de Pedro Guerra. La actriz venía de promocionar intensamente la serie Las largas sombras, donde da vida a una directora de cine que regresa a su pueblo para vender una casa familiar, lo que desencadena que el pasado aflore en el presente. De Anaya ya sabemos que es capaz de asumir cualquier papel, pues durante su carrera nos ha emocionado con personajes que aúnan fortaleza y vulnerabilidad, mediante registros expresivos de todo tipo. Pero es que, además, demuestra una entereza y profesionalidad en cada acción que asume. El día que le entregaron el Premio Ciudad de Melilla, con un gripazo que hubiera hecho quedarse en la cama a otra persona y malestar visible, asumió cada uno de los compromisos que tenía con el galardón: entrevistas, mesa redonda, firmar autógrafos, subir al escenario… Y todo lo hizo con una naturalidad que dice mucho de su empatía y sus capacidades para arrojar luz sobre el mundo. Después del tute se marchó al hotel a descansar agradeciendo el premio que recibía, cuando deberíamos ser nosotros quienes le estuviéramos agradecidos por su enorme esfuerzo.

 

Dos. Ya desde sus primeros trabajos en África, de Alfonso Ungría, y Familia, de Fernando León de Aranoa, Elena Anaya ha desarrollado una mirada sensible, diversa, que podía pasar con fluidez del dolor a la alegría, para componer personajes que hoy ya forman parte de nosotros. Tal vez una de sus características como actriz ha sido permear las fronteras de las emociones a través de trabajos arriesgados y profundos que no están al alcance de la mayoría de intérpretes. A los títulos mencionados les siguieron Las huellas borradas de Enrique Gabriel, Finisterre, de Xavier Villaverde, Lágrimas negras, de Ricardo Franco. Después llegaría el complejo papel de Belén en Lucía y el sexo, de Julio Medem que la reconocería con premios, pero su alcance como actriz, su talento innato está presente desde el primer momento que se puso delante de una cámara.

 

Tres. Elena Anaya siempre nos emociona con una mezcla de fragilidad y fortaleza que no se parece a ninguna otra actriz. Quizás por eso directores tan exigentes como Pedro Almodóvar o Agustín Díaz Yanes han confiado en ella para papeles de una complejidad diversa, adoptando tonalidades que solo Elena parece encontrar a la hora de componer a los personajes que da vida. Y es que, por ejemplo, nada tiene que ver su rol en Sin noticias de Dios con el de Alatriste. Con Almodóvar ha trabajado en Hable con ella, pero fue con La piel que habito cuando obtuvo una carrera de reconocimientos más que merecidos: Goya, Fotogramas de Plata, José María Forqué…

 

Cuatro. Además ha trabajado en producciones internacionales como Van Helsing, de Stephen Sommers, Dead Fish, de Charley Stadler, Savage Grace, de Tom Kalin… y con cineastas como Santiago Mitre en La cordillera o Woody Allen en Rifkin's Festival.

 

Cinco. Elena Anaya demuestra en cada uno de sus personajes convicción y la certeza de la duda. De esa combinación logra que los espectadores se emocionen con sus creaciones. Pero por encima de todo está su posición humana, su sentido con los demás, en una sociedad que se nos refleja poco bondadosa. Por ese motivo, más que por ningún otro, hay que aplaudirla, y, también, claro, porque siga encarnando nuestros sueños y desvelos durante muchos años más; que siga fascinándonos con su talento y resistiéndose a ser encasillada.

 

           

           

           

                                           

                            
                        

                  
                  

Licenciado en Historia y Comunicación, Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1972) acaba de reeditar en versión revisada Perro negro (antes, Far Leys, 2014), en torno a la figura del malogrado genio del folk británico Nick Drake. Es autor de las novelas Bobby Logan (Zut, 2011),  Arena (Tusquets Editores, 2020), que obtuvo el Premio Memorial Silverio Cañada en 2021, y Vengo de ese miedo (Tusquets Editores, 2022, premio Finestres de narrativa en 2023). También le asiste experiencia en el ámbito de la literatura infantil y juvenil con los títulos Carlota quiere leer (Anaya, 2020) y Sofía, la hormiga sin antenas   (Anaya, 2022). Forma parte del Comité de Dirección de cine del  Festival  de Málaga y es director de la Semana de Cine de Melilla.                         

     
     

        
       

            

       

       

       

            

            

       

       

       

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