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La cultura es alegría. Nos facilita la vida en unos tiempos con tanta niebla. Y un festival como el de Málaga, que del 1 al 10 de marzo celebra ya su vigésimo séptima edición, sirve para abrir nuevas vías y difundir el valor singular de las películas que programa. La cita malagueña ha consolidado esta vez su compromiso con el cine producido por mujeres (38 por ciento de los títulos programados) y los actores noveles: tres de cada 10 estrenos serán óperas primas. La suya es una selección muy variada, un cine que puede interesar a un espectro muy amplio y diverso de espectadores. Pero se percibe la vuelta al sentido de los valores primigenios y esenciales, de lo rural, de parar en un mundo demasiado rápido; y el papel de la mujer como representación y su función en la vida como relectura de modos de aprendizaje.

Vivimos en un mundo cada vez más feo. Tenemos que impedir que los abusos de poder y las agresiones tengan un mínimo resquicio, y cuestionar la fascinación que genera el sexo y la violencia como si fueran ingredientes mágicos del deseo masculino. Las manadas y demás barbaries presentes hoy día son prácticas que debemos erradicar para la construcción de una realidad más sana, menos fea y violenta. Denunciar no es sencillo, sino muy, pero que muy difícil. Entra en escena, entre otras muchas razones, la culpa y la vergüenza. Y esta última funciona como protección y crítica y ácido que erosiona y carcome a las abusadas. Pero ese relato machista que hemos aprendido como sociedad durante tanto tiempo lo debemos reescribir. Y desde el cine y la cultura no podemos desviar la mirada.

Desde que Fernando Méndez-Leite preside la Academia de Cine las galas de los Premios Goya salen de fábula. La gala conducida por Los Javis y Ana Belén fue como la seda, con ritmo, buenas actuaciones y las reivindicaciones precisas. Y consagró a Bayona, un hombre que ha logrado triunfar en la meca del cine y al que solo por eso ya deberíamos aplaudirle, porque no es sencillo. Más allá de la perfección técnica, La sociedad de la nieve es memoria histórica y pone imágenes a un calvario que los actores hacen creíble de una manera emocional. También son muy merecidos los Goya a Malena Alterio, que en Que nadie duerma derrocha una extrañeza nada sencilla; y a David Verdaguer, con una interpretación menos naturalista, pero tan verosímil que en Saben aquel parece la reencarnación de Eugenio.

Dani Guzmán ha demostrado que puede componer personajes duros y frágiles, hacer comedia o drama, lo que sea, y siempre con un punto en el que aporta algo profundo de él mismo; una energía vital que despliega para que quien está al otro lado la perciba. Es una persona apasionada, cómplice, que escapa a trivialidades y zonas comunes. En A cambio de nada, su ópera prima, captaba la vida con delicadeza y con energía. Habla de temas universales de un modo formidable. Y vista hoy, desde la perspectiva actual, cobra mayor valor. Quizás este sea el mayor logro de Dani Guzmán, cómo arroja luz a lo que se queda en sombra. Ahora rueda su tercer largometraje, La deuda, y ojalá ratifique aquella línea de diálogo de Antonia en A cambio de nada: “Hay que moverse, envejece uno menos”. Como Daniel Guzmán, ese adulto que sigue con la mirada del niño que fue. Por fortuna para todos nosotros.

Almudena Grandes dijo de la primera novela de Aroa Moreno, La hija del comunista, que era “perfecta”. Con esta ficción sobre el exilio y el desarraigo se dio a conocer y obtuvo el Premio Ojo Crítico en 2017 esta madrileña de 1981 que luego publicó La bajamar y en un mes regresa a las librerías con una biografía de, precisamente, la propia Grandes. Moreno ha escogido Los santos inocentes (Mario Camus, 1984), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), El verdugo (Luis García Berlanga, 1963), Tesis (Alejandro Amenábar, 1996) y, claro, una de Almodóvar: Volver (2006). "Amenábar representaba el sueño de tantos que entrábamos en la facultad de Ciencias de la Información. Y Pedro no sé qué tiene, no sé qué es. La Mancha. Las mujeres. Las actrices que hacen de esas mujeres. Muerte, maternidad, soledad

Casi nunca somos capaces de identificar nuestras emociones hasta que alguien nos las refleja o representa. ¿Y cuántas veces nos ha pasado mientras vemos una película? ¿Cuántas veces nos hemos visto en ese otro u otra para negar o aceptar la realidad? Los conflictos están en todas partes. Esto lo saben muy bien los artistas y cualquier tipo de creador que intenta hacer más apacible una sociedad cada vez más hostil, fea, mercantilista. , los actores y las actrices, en la exigente lectura de ser otros, entienden tan bien ese desdoblamiento, esas vías que abren caminos que permiten reflexionar sobre emociones como la tristeza,  el odio o la ira, sobre qué es la libertad en la actualidad, sobre el uso o desuso de las inteligencias artificiales.

Como los comienzos de año son tiempos para los buenos propósitos, esperamos que el público vuelva a acudir a las salas, que los cines vuelvan a ser puntos de encuentros en el mayor sentido posible. Un lugar cómplice, misterioso, que nos aporta un poco de felicidad. No faltarán motivos, en este arranque de 2024, para comprar una entrada de cine español. La comedia estará muy presente con la película dirigida por Eva Hache, Un mal día lo tiene cualquiera; Matusalén, de David Galán Galindo; Buscando a Coque, de Teresa Bellón y César F. Calvillo, o la cinta de Arantxa Echevarría Políticamente incorrectos. Hay otras comedias que se estrenarán en el primer semestre del año, como Menudas piezas, de Nacho G. Velilla, o Por tus muertos, de Sayago Ayuso. Añadan en otros géneros La estrella azul, de Javier Macipe; la propuesta metaficcional de David Marqués Puntos suspensivos; La familia Benetón, de Joaquín Manzón; Disco, Ibiza, Locomía, de Kike Maíllo; o la potente animación Dragonkeeper, de Salvador Simó.

Todo empezó en los años noventa con la confluencia de dos obras que llegaron más o menos al mismo tiempo, pero de forma independiente: Akira y Dragon Ball. Ambas se convirtieron en fenómenos que consiguieron iniciar el boom del manga y el anime en España. "Y Oliver y Benji", me apunta mi amigo adolescente cinéfilo. Dus historias conectan, ya sea por el dinamismo de la narrativa, la espectacularidad de la puesta en escena, el encanto de lo exótico, incluso por lo inesperado de los relatos. Hay animes para cada espectador. Y sí, por supuesto, hay buenos animes de Navidad, como la emotiva Tokyo Godfathers.

Con esta columna damos por cerrado este 2023; Miguel Ángel Oeste retornará a su #VozEnON el miércoles 17 de enero

A Luis Tosar se le asocia en un primer momento a sus personajes duros, esos de una complejidad emocional y moral alucinante. Pero el de Lugo es muy versátil, el ejemplo de actor total; como el jugador total que te resuelve un partido con esa facilidad o toque de genialidad que solo él posee. Una película con Tosar es una película que siempre irá bien, que siempre tendrá algo, ya sea interpretando a un hombre delicado que busca el amor, un caradura, un marido con debilidades, un policía duro, un maltratador, un truhan o un atracador de bancos. Y eso por no mencionar su registro cómico, uno de los más extraterrestres que se conocen por estos lares. Tosar es alguien que dignifica la profesión con sus actos y su capacidad para generar y crear personajes que seguirán resonando mucho más allá de su tiempo. Porque la medida de los sueños se encuentra en las creaciones de actores como Luis Tosar.

Fue una artista total: hacía cine, televisión, teatro, presentaba un programa, cantaba. Lo que hiciera falta. Y lo hacía con esa energía radiante de la que sabe que su oficio hacía feliz a los demás, que era tan importante reír como llorar. Concha Velasco fue un regalo inolvidable y nos dejó para la eternidad su estrella. Suena a tópico, pero la mayoría de los tópicos suele ser verdad: Concha Velasco ahora sigue viva a través de sus personajes. Muchos la consideran patrimonio nacional, y no es para menos. Porque la artista conmovió y seguirá conmoviendo a los espectadores, o les alegrará sus existencias con ese brillo que traspasa la pantalla.

Vivimos en una sociedad que nos impone la tiranía de la novedad en materia audiovisual y en cualquier ámbito. Y, ojo, no es que me oponga a la novedad, sino a la dinámicas que establece. Parece que una película o serie de hace un par de años pertenece al pleistoceno, cuando las buenas películas y series de televisión (como le sucede a los discos o las novelas) no tienen edad, son atemporales. La tendencia es otra: no hay tiempo ni espacio para asentar las obras, unas arrastran a otras. Pero hoy recomiendo recuperar varias ficciones televisivas que siempre serán nuevas, porque alumbran nuestros sentimientos de algún modo. Hablemos de La zona, Arde Madrid, Gigantes, Mira o que has hecho y Foodie love. La oferta de series y películas es grande, pero siempre está bien mirar atrás. Y series como estas cinco no tienen edad: seguirán igual de modernas hoy y dentro de cien años. 

Martín, mi joven amigo cinéfilo, lo tiene claro: “La juventud de hoy en día ve más cine y series norteamericanas que españolas porque el lenguaje cinematográfico de las películas y las series de Hollywood está integrado en todo lo que consumimos, desde anuncios hasta videojuegos. Por lo tanto, aunque sea de forma inconsciente, nos hemos habituado a este lenguaje y a los jóvenes se nos hace raro ver cine en nuestro propio idioma”. Le digo que no olvide que en las ficciones españolas hay riesgo y creatividad, desde La cabina a Mira lo que has hecho, pasando por La peste o Historia de la frivolidad. Se queda pensativo y luego repite algo que ya le dije la anterior vez que nos vimos: Hay que ser curiosos y no dar nada por sentado. “Vale, me pondré a ver estas series y ya hablamos el próximo mes”.

Acaba de estrenar la adaptación de Un amor, dirigida por Isabel Coixet, para la que escribió el guion a partir de la novela homónima de Sara Mesa. Y en marzo salió su espléndida novela Los astronautas, viaje inolvidable en el que la memoria y el olvido cruzan sus líneas de fuerza. Buena oportunidad para hablar con Laura Ferrero (Barcelona 1984) sobre las películas españolas que le han marcado la vida, y entre las que escoge El desencanto, El Sur, Loreak, Estiu 1993 o My mexican bretzel. “El cine me ayuda a pensar y a ordenar la vida porque en él, como en los libros, existe casi siempre una concatenación, unos porqués que luego se echan de menos en la vida", anota Ferrero, que ya de niña bombardeaba a preguntas a su madre cuando salían del cine. "¿Y después del final qué pasa?". Hasta que la madre le respondió: "Ahí es cuando empieza la vida".

El de actores y actrices es un oficio relevante para favorecer una existencia más plácida y humana, aunque ni siquiera nos demos cuenta ni tengamos la generosidad de otorgarles el mérito que merecen en nuestras vidas. Ellas y ellos derrochan tal energía por componer otras vidas que desgastan la suya. Sus personajes generan en nuestras existencias una compañía que a veces no consiguen ni las personas reales. Llegan a ser amigos íntimos que nos acompañan los días tristes y los días alegres, y nos orientan en esas primeras veces en las que descubrimos el mundo cuando somos jóvenes. Los actores y actrices son personas míticas pero indefensas, de las que nos nutrimos como vampiros para potenciar nuestras emociones y sensibilidad.

Series como Juego de Tronos, Gigantes, Fariña, Homeland o Heridas abiertas reflejan la violencia latente de un modo directo, un mal que las ficciones han humanizado y el mundo parece normalizar. La violencia a veces hoy ya ni parece violencia. Como si fuese algo adquirido por la sociedad. O tal vez porque, con frecuencia, los monstruos ya no se visten de monstruos, sino como personas comunes. La violencia y el mal tienen esa capacidad camaleónica en un planeta en el que el camaleón está en extinción. Si en el cine clásico los personajes podían hallar cierta purificación o alguna redención, por mínima que fuese, en la gran parte de la ficción televisiva hallamos el impedimento de la lección purificadora, pues la razón tiene escaso valor frente al mal extendido

Durante dos años, la escritora y guionista Elisa Ferrer nos regaló su amor por el cine y su talento literario en la columna Fuera de campo, aquí en la web de AISGE. Un espacio mágico que nos alegraba el día con su perspicacia, y que aún pueden leer en la web donde leen este artículo. De hecho, si fuera ustedes, me acercaría a esos textos que desprenden una admirable capacidad para el asombro y la cinefilia. "Tanto en el cine como en la literatura quiero leer entre líneas y creerme que el personaje no es una construcción, sino alguien de carne y hueso a quien querer, a quien odiar". Ella nació en el amor al cine a través de Lubitsch, Welles o Stanley Donen, y sobre sus debilidades españolas menciona Tesis, Arrebato, La caza, La comunidad, El espíritu de la colmena o Estiu 1993. Lean sus dos novelas, Temporada de avispas y El holandés.

Les presento a Martín, el hijo adolescente de una buena amiga. Está estudiando cine cuando le había planteado a su madre que igual dejaba de estudiar porque no encontraba nada que le motivara. Como toda expresión artística, muchas familias tienden a tomar el cine como un hobby. La relevancia parece adscribirse a estudiar una carrera de provecho. Seguro que saben a qué me refiero. Pero algunos de los mejores recuerdos de su infancia, me cuenta Martín, tienen que ver con el arte; por ejemplo, estar viendo por primera vez una película con sus padres en el sofá de casa. Martín ha descubierto que las ficciones nos arropan. Y el cine, además, le ayuda a entender mejor la sociedad de ese pasado que no vivió, y en sus malos momentos le ayuda a no quedarse solo con lo malo que le pasa.

En las últimas cuatro ocasiones que he ido al cine, he visto la película en la más absoluta soledad. Y es una circunstancia que me produce tristeza y melancolía, hasta el punto de preguntarme, como en aquella comedia de Peter Bogdanovich: "¿Qué me pasa, doctor?". Ir al cine siempre ha tenido un componente de comunión y de rito social, pero en esta sociedad enfurecida parece primar lo individual, potenciado segura y paradójicamente por las redes sociales. ¿Como es que somos incapaces de valorar un trabajo y energía que no se puede cuantificar y nos permite descubrir las cosas de la naturaleza humana verdaderamente importantes? A veces, parece que demos más relevancia a lo que aparece en las redes o a esos injustos mantras sobre el cine y la cultura que a las exploraciones de los artistas.

Para algunos Laia Costa llegó tarde al mundo del cine. Como si la edad tuviera algo que ver en la creación interpretativa o en cualquier expresión artística. Como si las películas o los libros o las canciones tuvieran edad. Al menos las buenas, las atemporales, no las tienen. Tampoco el talento, el magnetismo natural de cualquier actor o actriz que compone personajes, historias, crea emociones y sentimientos para que los espectadores se reconozcan, o, simplemente, se evadan un par de horas. Aunque también, no lo olvidemos, hay mucha tiranía en el mundo del cine, sobre todo para las mujeres. Pero hoy no venimos a hablar de eso, hoy estamos aquí porque Laia Costa ha vuelto a crear un personaje inolvidable en Un amor (Isabel Coixet, 2023), la adaptación de la novela homónima de Sara Mesa.

La película de Moisés Salama, La memoria del cine: una película sobre Fernando Méndez-Leite, no es un biopic al uso, como la vida de Fernando no es una vida al uso. Es la historia del paso del tiempo y de los meandros de la memoria. Tal vez porque no todas las vidas merecen ser contadas. Solo algunas. Y la de Fernando Méndez-Leite es una de ellas. El documental es, en realidad, el retrato de toda una generación que a través de las películas aprendió a llegar a otras manifestaciones de la cultura como la Historia, la pintura, la música o la literatura. Y también aproximarse a los misterios de la vida.

La novela Verano en rojo (2012) era su debut, pero ya desde ese primer momento Berna González Harbour logró crear unos personajes carismáticos y potentes, como la comisaria María Ruiz, el informático Tomás o el periodista Luna, a través de una historia de violencia y silencios en el verano de 2010, en pleno Mundial de fútbol de Sudáfrica. La transformación del libro en película homónima, dirigida por Belén Macías y con Marta Nieto o Jose Coronado en el reparto, nos invita a hablar con González Harbour de cine y literatura. Y a descubrir su primerísimo recuerdo infantil en una sala de cine: ¡Tiburón! "Empecé muy arriba con Spielberg, pura emoción e impacto", se sonríe.

Julio y agosto han sido un no parar de noticias que darían para series y películas sobre estos tiempos en plena transformación. Ya me hubiera gustado que Rafael Azcona escribiera una comedia negra, dirigida por Luis García Berlanga, sobre el caso Rubiales... Uno siente que el estado de ánimo global del mundo es el de estar inmerso en El día de mañana, la peli de catástrofes de Roland Emmerich. Pero al mismo tiempo desearía alcanzar algo cercano a los héroes de las películas de Miyazaki, que recibirá el Premio Donostia. O al menos estar predispuestos a experimentar la presencia excepcional de la naturaleza, a creer y relacionarse con normalidad con una dimensión-realidad mágica y alejada de la contaminación de la realidad diaria, hasta merecer el makoto no kokoro (corazón sincero).

Llegamos al final del curso, y uno, que es autocrítico o simplemente un neurótico, se plantea la obligada pregunta: ¿merece la pena una segunda temporada? ¿Han disfrutado los lectores de este espacio o han sentido que el sabor del chicle ya se esfumó? Todos los espectadores han tenido alguna vez esa sensación de que una serie la han estirado más de la cuenta innecesariamente, y este es un efecto que me atormenta. Pero quiero pensar que al menos algunas de estas más de 40 columnas hayan rozado los ánimos de los lectores, tal y como lo hacen las buenas películas y series de televisión. Incluso que en alguna ocasión los textos hayan tenido algún impacto. A eso se aspira en un mundo en el que la cultura se desmorona con la facilidad con que lo hizo el 11-S. Quizás es mejor pensar mientras saboreamos un helado y aspiramos a que todavía la cultura popular tiene el poder de la transformación social.

Quizás Paco R. Baños no sea un cineasta conocido para el gran público, aunque esté detrás de series que sí han contado con repercusión (El hijo zurdo o La peste), pero es uno de esos directores que desde joven ha visto mucho cine y para el que el cine ha sido siempre una manera de descubrir aquello que es importante en la vida. No estrena con frecuencia: le cuesta levantar esas historias más personales y que exponen otra sensibilidad, porque la poética de Baños toca esas zonas menos transitadas. Pero su cine, honesto y sensible, sigue esperando ahí, a que los espectadores lo abracen como se merece. Le hemos preguntado por las películas españolas que más le han marcado y definido, y allá van: El verdugo, Mujeres al borde de un ataque de nervios, El factor Pilgrim, Los santos inocentes y El desencanto. Tiempo, pues, de comentarlas con él y que nos explique los motivos de su selección.

El terror está ahí desde el inicio, desde la niñez. Porque todos tenemos miedos y estos no son más que reflejos de lo que nos sucede como sociedad o individuos, por lo que el género tiene una evidente carga social y política. El terror como una forma de explicar lo que nos rodea, de ver los obstáculos como una exploración y como un mecanismo para indagar en uno mismo y en las trabas que te regala la vida. Y sí, el terror es seguramente uno de los géneros que mejor muta con el tiempo para advertir los temores, inseguridades y demás flaquezas que nos atenazan. Por tanto, el terror dialoga con lo contemporáneo.