
Antes de sentarnos frente a una pantalla, la ficción ya ha sido troceada, comentada con advertencias, memes y cualquier otra cosa. Llegar vírgenes a una historia es casi un milagro. Una película o una serie trabajan con la revelación. El spoiler y el exceso de información arrasan esa arquitectura. Rompe el ritmo interno del relato y lo sustituye por la impaciencia exterior de consumo. Nos incomoda la paciencia. Todo tiene que ser inmediato. Queremos llegar a cualquier cosa antes de tiempo y, a ser posible, explicarlo antes de haberlo pensado. Hay una ansiedad de posesión en esa manera de consumir. Pero lo que está en juego no es solo el misterio narrativo, sino nuestra manera de mirar. Si aceptamos que toda película o serie debe llegarnos ya explicada, acompañada de instrucciones de uso, acabaremos perdiendo el placer más elemental del espectador: entrar en una historia libres, avanzar a tientas, sin comodines. Es decir, mirar con sinceridad por uno mismo.

Además de las virtudes literarias de Javier Cercas, su Soldados de Salamina propone –sin nostalgia, sin complacencia, sin concesiones, sin posturas vacías ni partidistas– la exigencia de indagar en ese pasado de heridas para transitar y entender lo que somos en la actualidad como sociedad y como personas. 25 años después de su publicación, nos vuelve a esconder en el bosque, a buscar en la mirada, a pensar el pasado desde este presente infecto de tinieblas. Seguimos en la cerrazón, sin ética ni moral posible. Y si la novela es inolvidable, la adaptación que hizo en 2003 David Trueba no se queda atrás. En la película, el pasado también es una niebla que entra y sale mientras el presente atosiga con la misma obsesión a Ariadna Gil, el centro de la historia que se lanza a través de esa búsqueda en la que estamos, aún hoy, todos.

Los cinco actores y cinco actrices que optan en esta cuadragésima edición de los Goya al trofeo a los mejores papeles protagonistas reúnen diez interpretaciones atravesadas por una misma cualidad: la huida consciente del artificio. Diez trabajos que renuncian al gesto impostado y apuestan por lo orgánico. Actuaciones naturalistas, magnéticas, construidas desde la escucha y la entrega. Una manera de dejarse la piel y el espíritu en cada personaje.

Muchas familias están suscritas a más de una plataforma, pero cuando preguntas qué ven, más allá de fenómenos concretos, no es extraño que suelten, con una mezcla de hastío y sinceridad: “No sé qué ver”. O incluso: “No tengo nada que ver”. Una de las tendencias a las que asistimos es la de ver el mayor número de series y películas posibles, a la mayor velocidad posible, sin importar que saber mirar tal vez exige tiempo y atención. ¿Solo es relevante la función acumulativa sin darle relevancia a la reflexión? ¿Miramos para ver o para tachar? Estamos perdiendo la batalla contra un discurso homogeneizador, este panorama de plataformas y cadenas en la que todo se parece, todo se repite y todo termina sabiendo igual. Urge recuperar el verdadero derecho a elegir sea hoy un acto mínimo de resistencia: parar, mirar, decidir y sostener la mirada.

Hoy día la ruptura entre el espacio público y el privado resulta inmenso. Una fractura que tiene relación con la sociedad de consumo que nos engulle. Vivimos expuestos, opinando a la intemperie, reaccionando en caliente, como si la vida se hubiera convertido en un escaparate permanente. Nuestra maquinaria de consumo neoliberal no solo produce deseo, sino también depravación, porque erosiona el vínculo y convierte al otro en obstáculo, en cliente, en adversario, en cifra. Y ese desgaste se nota en los modos digitales. Lo que antes era discusión ahora es linchamiento. Frente al desarrollo voraz, depredador y violento que empuja la deshumanización de las redes, solo la cultura puede ser un lugar donde la violencia no se celebra ni se banaliza: se mira de frente, se piensa y, a veces, se desmonta.

El factor Pilgrim es una película inclasificable, algo loca, con una dosis de inquietud orgánica, originalidad y una vitalidad poco frecuente en el encorsetado cine contemporáneo. Rodada en Londres con una cámara de 16 mm, en principio iba a ser un corto, pero Alberto Rodríguez y Santi Amodeo vieron que la historia daba de sí y escribieron el guion de un largometraje. En un panorama audiovisual cada vez más conservador, El factor Pilgrim gana ahora, un cuarto de siglo después, no solo en lecturas cómicas y dramáticas, sino sobre todo en una forma estética: una puesta en escena ágil y humana que navega sin imposturas por la comedia y, en ocasiones, la tragedia, de un modo único. Lejos, lejísimos de clichés y derivaciones tan frecuentes en el cine actual.

Las series y las películas llevan tiempo pensando (y discutiendo) sobre género y sexualidad, sobre el lugar de la mujer en la sociedad, con una polifonía que deja ver fisuras: desigualdades, trampas, resistencias, retrocesos. El machismo rara vez aparece ya con el látigo en la mano; suele venir disfrazado, modernizado, maquillado. Y ahí es donde ciertas series y películas hacen algo expansivo: combaten automatismos, detectan mutaciones, nos obligan a revisar inercias. Que lo femenino haya dejado de ser excepcional es una buena noticia, sin duda. En las ficciones audiovisuales actuales las posturas protagónicas adscritas al héroe masculino saltan por los aires. Así se abre un camino más saludable sobre identidad y género. Así, tal vez, no confundimos modernidad con otra forma de cadenas, solo que mejor maquilladas.

¿Será 2026 un nuevo año de ficciones seriales inolvidables? Al menos hay varios títulos muy atractivos, series que a priori se salen de modelos repetitivos, asumen más riesgo creativo y tratan temas de relevancia. Así, la nueva de Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo, Matar a un oso, protagonizada por Eduard Fernández, Miki Esparbé, Pol López, Nora Navas o Àlex Monner, en la que la muerte de un oso desencadena tensiones y conflictos muy actuales. Por cien millones, creada por Nacho G. Velilla, que narra el secuestro del futbolista Quini, una historia real a la que dan vida Raúl Arévalo, Vito Sanz y Gabriel Guevara, entre otros. Millennial mal, de Lorena Iglesias y Andrea Jaurrieta, sobre una mujer madura que regresa a la vida universitaria cuando recibe una beca. Y Ravalear, de Pol Rodríguez e Isaki Lacuesta, la historia de un icónico restaurante del barrio del Raval, frecuentado por artistas, empresarios y políticos, que se encuentra ante la inminente compra de un fondo de inversión.

Las ficciones nos anticipan. Nos permiten intuir realidades posibles, reconocer emociones, explorar el extrañamiento que define nuestra experiencia y detenernos en cuestiones que solemos pasar por alto debido a la velocidad con la que todo sucede. Las ficciones nos ayudan a entendernos, y en esa tarea el trabajo de los intérpretes resulta esencial. Un oficio poco reconocido para lo mucho que ofrece, y al que con frecuencia se le resta valor: como si fuera algo mecánico, como si estuviera al alcance de cualquier persona. Conviene no olvidar que algunas de esas interpretaciones terminan acompañándonos durante años, incluso toda una vida, como lo hacen ciertas personas imprescindibles. Veremos cuáles de ellas nos sorprenden y pasan a formar parte de nuestra compañía a lo largo de este 2026.

Los indios lakotas gritaban "¡Hoka hey!", que se ha asociado a un grito de guerra de Caballo Loco. Sin embargo, su significado es más hondo. Es una manera de seguir adelante soltando los miedos y afrontando los desafíos de cada existencia. Otra manera de revisitar este tiempo de comidas, cenas y encuentros para ir más allá en una realidad que no nos da respiro. El ser humano es un ser de costumbres, y de ahí que estas fechas navideñas se impregnen de cierta melancolía, fantasmas y buenos propósitos, como en el cuento de navidad de Charles Dickens. Permitan que les sugiera aquí mi canción favorita de Navidad (Fairytale of New York), pero también la película canónica para estas fiestas (¡Qué bello es vivir!), y la serie más navideña, ciencia ficción que mira el futuro desde el pasado y la memoria y los rincones del alma humana:The Twilight Zone, creada por Rob Serling en 1959. Ojalá alguna plataforma la recupere. "¡Hoka hey!". O: sí, claro, ¡Feliz Navidad!

No se puede ser ingenuo: la censura siempre ha estado presente. Se modifica en función de la época y la coyuntura. Identificar la censura institucional resulta sencillo. Pero ¿qué sucede con las presiones de una sociedad crispada y polarizada, en una jungla digital que restringe contenidos por miedo a la controversia, una jungla de redes sociales proclive al linchamiento, en la que los discursos se vuelven complacientes por temores amplios? Las películas, los libros, las canciones tienen un impacto emocional indiscutible. Por eso las expresiones artísticas siempre han querido ser controladas, por eso, entre otros muchos motivos más, la censura cambia como si fuera un camaleón inmortal.

Un espectador puede cerrar los ojos y reconocer la voz de Javier Cámara sin esfuerzo. Incluso puede advertir la mirada silenciosa que transmite con un humanismo conmovedor, casi como un equilibrista de los sentimientos. Cámara es un excelente profesional cuyo arte permanecerá igual que uno coloca el oído en el corazón de la persona que ama. Pero más allá de su oficio se encuentra su postura humana como persona de a pie, que genera vida con la misma huella que nos regala las composiciones de personajes que nos enseñan a indagar en el niño que fuimos, el adulto que somos y el anciano que seremos. Y todo lo consigue sin estridencias, a través de una mirada silenciosa.

Ciudad sin sueño, ese documental de Guillermo Galoe sobre el poblado chabolista de Cañada Real, funciona como contraposición y contraste de un mundo con el futuro acaso nublado, lleno de extrañas paradojas sobre la libertad y la verdadera naturaleza humana. Tal vez este sea uno de los elementos fundamentales: el dolor de una existencia en el que la perspectiva de la añorada modernidad y prosperidad no termina de ser sincera frente al cielo negro, iluminado por ese fuego, y las historias orales que se instalan en la consciencia. No hay mensajes ni sentimentalismos en este recorrido por unos suburbios madrileños a los que hace años se les cortó el suministro eléctrico; solo, si acaso, el fulgor de las sombras de cualquier sociedad.

Yakarta es la última serie creada por ese genio llamado Diego San José. Celeste y Vota Juan ya eran dos espléndidas series que retrataron con ternura, sensibilidad, humanidad y tristeza a unos personajes que se desplazaban en polos opuestos: los que se mueven en las sombras, como esa inspectora de Hacienda a punto de jubilarse a la que da vida Carmen Machi; y los que se exponen en ambición, ese ministro de Agricultura compuesto con muchos matices de nuevo por Javier Cámara, que nos retrataba como país y como individuos. Yakarta es un sueño que nunca llegará, una serie escrita con una profundidad que te pega a la televisión. El guion de Diego San José es la cara B de los triunfos deportivos. Lo que no sale en los periódicos. Una historia humana que registra la realidad inquietante que oprime para arrojar luz sobre las oscuridades que esconde cualquier persona. Ambigua, oscura y luminosa, Yakarta desprende el aliento de los grandes relatos.

Hay un cine que es algo más que entretenimiento. Un cine representado en el viaje emocional que ayuda al debate y avance social. Un cine que nos cuestiona como individuos y sociedad. Coinciden en cartelera dos de estas películas, Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, y La deuda, de Daniel Guzmán. Si bien parten de lugares distintos, las dos afrontan los dilemas morales y éticos en un mundo de relaciones humanas influenciadas por la educación judeocristiana. El juego de espejos se establece en ambas con hondura y sin juzgar en ningún momento a los personajes. Es el espectador el que sacará sus conclusiones. Por supuesto, cada uno, según sus experiencias y de dónde venga y dónde desee ir, expondrá exégesis distintas. Para quien esto suscribe, prevalece lo terrenal y la mirada profundamente humana frente a una sociedad hipócrita que nos está borrando como personas y, sí, como sociedad familiar que tiende a comprender lo que incluso no conoce.

La confusión de hoy en día no resulta tan divertida como aquella película de Peter Bogdanovich, ¿Qué me pasa, doctor? Y es que a veces no resulta grato mirar ni escuchar. Me cuenta un amigo que fue testigo a las dos de la madrugada de cómo un grupo de cincuenta adolescentes borrachos se ponía a cantar el Cara al sol, himno oficial del franquismo. La escena parecería un sketch, pero la sociedad está tan polarizada y turbia que se convierte en un reflejo nocivo de la vida que respiramos. Y más que una comedia, a mí solo me viene a la cabeza La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, la adaptación de la novela de Jack Finney. Vivimos envueltos en la confusión de que no sabemos quiénes somos, envueltos en vainas y el intercambio de maletas que quizás, si seguimos así, jamás volvamos a encontrar. Entonces la risa se tornará en un desconsuelo pesimista sin demasiada esperanza.

No puede haber premio más merecido que el Actúa que recibió la semana pasada Fiorella Faltoyano. Desde sus precoces inicios hasta hoy mismo, Fiorella siempre ha tenido gusto por ir a contracorriente como actriz, además de revelarse en los últimos años como una notable escritora. Dueña de un estilo interpretativo personalísimo, se trata de una figura reconocida y respetada por toda la profesión y de una testigo directa de la historia de nuestro cine. Porque sí, es obvio, ella es Historia del Cine Español. Ella seguirá viva cuando ya no estemos. Ella sonríe o llora como nadie. Y además, siempre ha pisado el suelo con una humanidad desprendida y humilde que la convierte en una figura inolvidable.

Las series de televisión han aprovechado las ventajas del avance tecnológico para encontrar espectadores y un debate social mayor incluso que el cine en muchas ocasiones. Sin embargo, no sé si en la actualidad su calidad es superior a la de hace unos años, en los que uno podía encontrarse títulos tan diferentes, pero de indudable alcance estético, como La peste, Mira lo que has hecho, Arde Madrid, Gigantes, Crematorio, Los Soprano, The Wire o Twin Peaks. Tengo la sensación de que vivimos un momento de euforia que a veces exagera las virtudes de este formato. Lo digo porque este año he visto muchas series, pero aún ninguna con la contundencia de Celeste, Querer o Los años nuevos, las tres del año pasado. A lo largo de 2025 aún echo de menos como espectador un título con una estructura narrativa que se atreva a doblegar los patrones decimonónicos y rompa la cronología de la acción para desarrollar una narrativa más elíptica, violentando la empatía del espectador con los personajes. No he visto todas, pero entre las visionadas me sigo quedando con Furia y La suerte.

Anuncios, programas de reality, eventos deportivos, musicales o lo que sea en directo. Son la esencia de esa televisión que iba a morir, pero que sigue de alguna manera, pese a que los jóvenes la vean con modelos diferentes y a velocidad acelerada. En la actualidad, todo se parece demasiado. Todo juega a la mímesis. Hay tal cantidad de contenidos que es difícil diferenciar. La personalidad, claro, siempre la otorga el creador. Pero, ¿tiene esa libertad que se le concedía apenas hace unos años, cuando todo sonaba a épica y revolución? Porque los jóvenes se cansan. No ven televisión. Buscan otros modelos, estímulos y experiencias. De ahí la paradoja. Ha cambiado la manera de ver –y, por tanto, de mirar al mundo– no solo entre las nuevas generaciones. Se buscan experiencias únicas, pero la avalancha de producir contenidos se vuelve a parecer a modelos tradicionales. Por eso resulta tan pertinente la pregunta: ¿Dónde está hoy la televisión?

La sintonía entre Alberto Rodríguez y Pau Esteve, su director de fotografía, es total (lo hemos vuelto a comprobar con Los Tigres, premiada en San Sebastián), como lo ha sido con otros realizadores con los que ha trabajado este profesional, desde Manolo Martín Cuenca a Jaime Rosales, Rodrigo Cortés, Violeta Salama o Pedro Almodóvar. Hace algunos años lo entrevisté y con toda humildad me confesó: “Para mí lo más importante es que no se note la luz, que parezca que la película no está iluminada, como si no hubiéramos puesto ningún foco, como si no hubiéramos hecho nada". Tal vez el público no suela conocer los directores de fotografía, pero los cineastas sí los conocen, o sí conocen a los buenos. Y es que Pau Esteve sabe mirar de un modo invisible, sabe hacer hablar los espacios y los personajes con esa sencillez de las cosas que de verdad merecen la pena.

Con los años, una de las cosas que más deseo es regresar a aquellas historias que ya visioné. Lo hago, claro, con otra perspectiva, más sosegado. Cada vez que puedo vuelvo a ver aquella película que vi y que me emocionó por alguna razón y, normalmente, la emoción se multiplica. Y es que las películas cambian como lo hacemos nosotros. Lo que nos permeó la primera vez con el tiempo nos alcanza de otra manera. He pensado que ese interés por lo ya visto quizás se deba a un rechazo de este modelo de vida tan urgente y consumista. O quizás es una nueva alergia que se extiende por el planeta. Me cuenta mi alergólogo que están apareciendo muchas nuevas alergias que antes no existían. Si esta es una nueva y soy el primero en padecerla la llamaré alergia Oeste.

Robert Redford es español. Robert Redford es francés. Robert Redford es italiano. En realidad, es europeo, pero también africano, asiático, americano, de cualquier continente en el que esté dividido este planeta que respiramos. Era valiente y vulnerable, una mirada hacia el mundo a través de sus películas y de sus acciones. Las interpretaciones de este hombre eran ejemplos de existencia. Un mosaico auténtico de emociones que impregnaban a los espectadores. Un lienzo de amor, alegría, dolor, deseos, miedos, tristeza… al que daba profundidad o ligereza en función del personaje que construía para convertirlo en persona. Acaso fue un equilibrista de las emociones y los sentimientos, algo tan difícil y que tanto se echa de menos en estos tiempos de impostura.

Septiembre ilusiona. Hasta huele diferente; o quizás es una fantasía, es lo que quisiéramos. Todas las películas, todos los discos, todos los libros tienen un tipo de actitud frente a la vida. También todos los septiembres vividos y por vivir. Todos esos comienzos que representan esa quimera del cambio, de que otro futuro es posible, aunque nos quieran convencer de que no es posible. Celebremos este mes. Celebremos el cine, la música, la literatura. Celebremos la vida y escriban en las redes de AISGE de qué les gustaría que hablásemos. Sean bienvenidos a la fiesta de una nueva temporada este 17-S de 2025.

Finalizamos la tercera temporada, pero no se preocupen: regresaremos en septiembre con la misma energía y acaso la misma furia de la serie creada por Félix Sabroso. Y aunque esta columna no pretende ser una suerte de recomendaciones veraniegas, no puedo dejar de citar un par de propuestas que me han zarandeado la masa encefálica. Una es justo Furia, de Sabroso, una miniserie negrísima en su aproximación a la realidad que muestra, con diálogos inspiradísimos y un elenco de actrices y actores que se salen (Candela Peña, Carmen Machi, Nathalie Poza, Pilar Castro, Alberto San Juan, Cecilia Roth, Claudia Salas, Ana Torrent…), el estado de ánimo que azota el mundo que habitamos. Y la otra, Superestar, dirigida por Nacho Vigalondo y Claudia Costafreda, narra el éxito de Tamara en los años dos mil, pero tiene mucho que ver con el mundo que habitamos hoy.

Un proyecto es un sueño. Empezar algo es el inicio de una ensoñación. Uno puede decir eso de “Tengo un sueño”. En los guiones te implicas desde la respiración, terminas por confundir momentos inventados y otros que son igualmente ficticios pero que parecen reales. La sinopsis, el tratamiento, la estructura, las primeras versiones, la charla con productores y compañeros: todo forma parte de ese sueño que se agranda. Hasta que hace ¡BOOM!, como una onomatopeya. Siempre hay alguien de marketing que habla y habla y habla, que menciona las redes y los miles de seguidores que tienen X y Z. Es la marea del averno de opinadores que se cuelan en el sueño y en los sueños. El guionista sabe a la perfección que el sueño se puede convertir en pesadilla. Y sí, llega el insomnio, tan extendido en la sociedad contemporánea.