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El próximo 24 de octubre se cumplen cien años del nacimiento de Rafael Azcona. Uno de los guionistas españoles más universales. De esos escritores que sacan punta a lo aparentemente más insignificante para hacernos ver lo que se esconde en el corazón de los hombres y las mujeres. Tenía esa capacidad para incomodarnos a través de lo cotidiano, aunque lo que mejor define a sus personajes es que pueden resultar ridículos y, sin embargo, conservar intacto su sufrimiento. No hay mejor homenaje que sentarnos a ver una de sus películas. Comprobar que nos cuesta avanzar como sociedad y como personas. Al menos Azcona supo retratar las miserias de nuestra sociedad con gracia y ternura, sin renunciar a la humanidad y a sus miedos.

 

Daniel Ibáñez estuvo a punto de estudiar Medicina. Le interesaba la medicina interna porque obligaba a saber un poco de todo y a mirar al paciente en toda su complejidad, más allá de un síntoma. Terminó eligiendo la interpretación, aunque aquella curiosidad no desapareció. Tal vez se advierta en su manera de acercarse a los personajes, como si antes de decir la primera frase quisiera averiguar qué les duele, qué esconden. Muchos le identifican por Segundo premio, pero en su trayectoria ya ha demostrado que sabe cambiar de época, tono y vida sin perder nunca la curiosidad. Un médico escucha, observa y procura comprender antes de dar una respuesta. Un actor hace algo parecido, aunque sus respuestas duren lo que dura una escena y a veces consistan en un silencio. 

Preparar una película consiste, en buena medida, en combinar a distintas personas para representar una historia. De ahí que sea tan importante elegir bien a los actores y que exista química entre ellos y, por supuesto, entre los técnicos y los diferentes departamentos. Estamos en un periodo de desafíos. Un momento de ilusiones y ruptura que curiosamente nos distancia más que nos acerca, pese a que se predique lo contrario. En este territorio confuso, las ficciones nos ofrecen esperanza. Una vía más luminosa en esta selva de sesgos e intereses, donde los colores apenas se combinan.

 

En este mundo de múltiples pantallas, donde móvil, tableta y ordenador están encendidos mientras se ve la televisión, me surge una pregunta: ¿estamos regresando a la comedia? Desde los lejanos tiempos de Farmacia de guardia o Médico de familia, los hogares de la ficción se fragmentaron porque también lo ha hecho la sociedad. Divorcios, desempleo, desahucios, inmigración, diversidad sexual y relaciones más complejas fueron entrando en las tramas. La comedia española aprendió a desprenderse de cierta blancura suave. Seguía buscando al público, pero ya no tenía tanto miedo a incomodarlo. Ahora Mira lo que has hecho o Se que tiene que morir mucha gente sí han sabido rastrear las modificaciones de este mundo.

Arrancamos esta quinta temporada preguntándonos cómo el cine debe representar y cuestionar el mundo y cuánta capacidad real tiene el séptimo arte en este tiempo sin tiempo, precipitado, anclado en formas que se reutilizan y en superficies que solo parecen valer lo que dura un reel, un short. ¿Trata hoy el cine de escarbar en la realidad y en las ironías y contradicciones a las que nos enfrentamos? Puede que esta no sea una columna plácida para inaugurar el curso, pero a menudo me pregunto si la mejor manera de interrogar al mundo no es mediante las canciones, las novelas y las películas.

Cerramos la cuarta temporada de esta sección después de un año que nos ha dejado buenas películas y series españolas, pero seguimos echando de menos que el cine español conquiste con más frecuencia la taquilla y que el entusiasmo que despierta el deporte se traslade también a la cultura y a nuestro cine. ¿Por qué somos tan críticos con nuestros artistas? Tal vez nos suceda lo mismo que con la familia: la cercanía nos impide ver con claridad. O quizá tenga que ver con este momento histórico. No lo sé. A lo mejor el verano, con su calidez, nos ayude a mirar y a respirar de otra manera.

Se cumplen sesenta años del estreno de Nueve cartas a Berta, debut de Basilio Martín Patino, un cineasta que supo mirar la realidad española con una libertad poco frecuente. No se limitó a retratar un país, más bien trató de entenderlo, de desmontar sus apariencias y de escuchar todo aquello que permanecía oculto. Seis décadas más tarde, la cinta conserva la melancolía, la incomodidad y la lucidez con las que retrató a una generación atrapada entre el deseo de escapar y la incapacidad de hacerlo. Es el retrato íntimo de un país inmóvil, encerrado en sus costumbres, sus silencios y sus miedos, desde una Salamanca erigida en metáfora de una España empeñada en ofrecer una imagen de normalidad mientras seguía sometida a las inercias del franquismo.

Emilio Gutiérrez Caba aprendió pronto que el teatro no era solo brillo, aplauso o vocación. Desde las bambalinas vio las satisfacciones y los sinsabores del oficio de sus padres, el ritmo frenético, la precariedad, los viajes, la entrega y esa mezcla extraña de alegría y sacrificio que acompaña a quienes viven de contar historias. Él y sus hermanas, Irene y Julia, entendieron que actuar era crear y disfrutar, sí, pero también trabajar para ganarse la vida. Y, sobre todo, servir al espectador. Sea o no consciente, Emilio deja huella porque nunca parece actuar desde la vanidad, sino desde algo mucho más difícil: la verdad sencilla de quien sabe mirar, escuchar y desaparecer dentro de un personaje sin dejar nunca de ser él mismo.

Gerardo Herrero ha demostrado a través de sus producciones y de las películas que ha dirigido no solo una lección ética, sino también histórica y política, al acercar un cine tan personal como deslumbrante a un público amplio. Y, de paso, ha contribuido a construir industria y a establecer conexiones que no siempre son fáciles, pero que hacen avanzar la idea de un cine modélico, sólido y diverso. Algo que se aprecia en una filmografía que es Historia del cine español.

 

En Pioneras. Solo querían jugar, la directora Marta Díaz de Lope Díaz rescata un episodio clave de la historia del fútbol femenino español en la década de los 70: cuando entre insultos y vejaciones se disputó el primer partido de fútbol femenino en España y con osadía, esfuerzo y talento, las jugadoras consiguieron dejar boquiabiertos a una afición más que cuestionable. Viene bien que las niñas de hoy en día lo sepan: aquellas chicas no solo se enfrentaron a los espacios de poder de los hombres, a la tradición de lo establecido, a las familias, incluso a muchas otras mujeres y al qué dirán, sino también a las estructuras de un país rancio, anclado en un patriarcado casposo.

Este texto quizá sea el más difícil que he escrito en esta sección. La muerte de Concha Barquero llegó como uno de esos golpes que derrumban. Ella era amiga desde la infancia, que es cuando se establecen lazos fuertes, casi irrompibles. Fue una persona comprometida con el cine documental, pero, por encima de todo, con la vida y con unos principios básicos que en la actualidad parecen ciencia ficción. Cineasta, profesora e investigadora, había nacido en Málaga en 1975 y recorrí con ella esa juventud efervescente en la que, por encima de todo, estaba vivir y crear películas, novelas, proyectos de diversa índole. Siempre sin dar juicios morales, con una integridad por encima de comodidades. Lejos de despedirme, hoy abrazo la parte de Concha que me construyó como ser humano. Una enseñanza que recuerdo, en su silencio, cada día.

 

 

Coinciden en cartelera Corredora y Yo no moriré de amor, dos películas estimables, conmovedoras desde la mirada sin concesiones de dos jóvenes directoras (Laura García Alonso y Marta Matute) a las que habrá que seguir de cerca. Dos filmes libres en las que sus cineastas proponen temas que no son tan habituales en el cine. La primera aborda la historia de una deportista de élite que se rompe por dentro, mientras la segunda se centra en una estudiante atrapada entre el deber de cuidar a su madre y el deseo, legítimo, de vivir lo que corresponde a su edad. Las dos forman un doble movimiento hermoso sobre personas que aprenden a vivir con una herida que no siempre se ve, pero que modifica para siempre la forma de estar en el mundo.

Hace unas semanas, en la 18ª Semana de Cine de Melilla, Fele Martínez (uno de esos actores con los que siento que he crecido) recibió el Premio Ciudad de Melilla por sus treinta años de trayectoria. Es un actor que mira a los ojos y, al que un mínimo detalle, un pequeño gesto, le basta para transmitir emoción, tristeza. Tiene ritmo para el sentido del humor (algo tan difícil) y otras muchas cosas que solo consiguen quienes atesoran talento, sí, pero también quienes han trabajado muy duro para lograrlo. Tiene el carisma de romper estereotipos, de ir más allá de lo establecido. Quizá por eso todos somos un poco Fele; porque Fele nos ha regalado muchas vidas con las que reconocernos y soñar.

 

En tiempos dominados por el cinismo, Pizza Movies resulta valiosa porque habla de gente que se quiere, de la amistad, del amor y del amor al cine sin pedir disculpas por ello. Más que una simple comedia sobre pizzas imposibles, es una película sobre la ternura, la bondad y la ilusión como último refugio. Es una sana rareza. Una bendita extrañeza en un panorama cinematográfico de coordenadas marcadas por algoritmos.

Hay emociones de la infancia que no se borran nunca. Pueden llegar con una película, con un intérprete, con una escena. Después llegan los años, pero permanece intacta esa gratitud hacia quienes se dedican a algo tan extraño y maravilloso como provocar emociones en los demás. Para un actor o actriz, la vida depende de algo que nunca está del todo en sus propias manos. Hay que saberse válido, aunque no haya un coche de producción esperando a las ocho de la mañana. Hay que seguir siendo actor, incluso cuando toca trabajar en otra cosa.

Aquellos jóvenes de la Nouvelle Vague, criados en cineclubes, siguen siendo parte fundamental de la estructura vertebral de la historia del cine. La manera apasionada de entender la vida y hacer cine de la Nouvelle Vague de alguna forma impulsó la apertura de la modernidad cinematográfica. Además de la juventud, compartían su fascinación por el cine norteamericano de Howard Hawks, John Ford, Fritz Lang, Joseph H. Lewis o Alfred Hitchcock; su voluntad de desacralizar los cánones tradicionales; la influencia, directa o indirecta, del neorrealismo; el uso de la cámara en mano, donde la libertad parecía ser el único requisito; la desenvoltura con la que se acercaban al cine en su reacción frente a lo impostado; su capacidad para vislumbrar lo bello y lo siniestro en una misma imagen.

La primera vez que vi a Sara Montiel fue en Veracruz (1954) Yo tenía nueve años y pensé que era una actriz mexicana, una de esas presencias rotundas capaces de llenar la pantalla con solo aparecer, al estilo de Katy Jurado. De aquella solo veía películas de vaqueros, que era como las llamábamos entonces, pero sí que distinguía rostros, miradas, gestos que se quedaban dentro de una manera invisible. Lejos de ser una promesa exótica o una aparición pasajera, sería la primera actriz española que triunfaba en Hollywood. Pero desde su primera escena fue una presencia poderosa, difícil de apartar de la mirada de los espectadores. Y desde entonces ha seguido brillando como las bombas emocionales o esos primeros besos que no se olvidan.

Sea quien sea la persona que tenga delante, Gonzalo Miró actúa con una actitud ejemplar, como pocas he conocido en este medio siglo de existencia. Posee un profundo sentido de la amistad y de la lealtad. No solo tiene gestos y detalles maravillosos con sus amigos; los tiene también con el mundo que lo rodea. Quizá por su curiosidad y por esa capacidad de asombro que despliega como una forma de estar en el mundo. Su madre, Pilar Miró, murió cuando él tenía dieciséis años. El cine español lo arropó en aquellos momentos, y él ha correspondido a ese abrazo amando al cine español desde la infancia.

Cantante, actriz, modelo, presentadora, empresaria, icono popular. Natalia Oreiro ha sido muchas cosas, pero nunca una figura dócil a las etiquetas. Muñeca brava, estrenada en 1998, fue el gran punto de inflexión. Su personaje, Milagros, “la Cholito”, reunía insolencia, ternura y temperamento popular, y ella supo darle una vibración que iba mucho más allá del estereotipo romántico. Como cantante, vendió millones de discos en el pop latino y hasta triunfó en Rusia y Europa del Este. Y en pantalla hay intérpretes que imponen distancia y otras que convocan cercanía, pero ella ha sabido habitar ambas zonas a la vez. Tiene algo accesible, incluso cálido, y al mismo tiempo conserva una fotogenia de estrella clásica.

Una de las emociones más intensas que sigo sintiendo, sin lugar a dudas, es entrar en una sala de cine a ver una película. Allí, en la sala oscura, mientras nos fusionamos con la historia que se proyecta en la pantalla, esa experiencia ilumina de algún modo nuestro lugar en el mundo, nuestros deseos, nuestras inquietudes. En estos meses coinciden además en cartelera varias películas que merece la pena ver: La buena hija, de Júlia de Paz; Altas capacidades, de Víctor García León; Calle Málaga, de Maryam Touzani, y Auri, de Violeta Salama.

Antes de aprender a nombrar el mundo, muchos niños ya lo han visto en dibujos animados. Los niños juegan como han visto jugar a sus héroes de tinta y celuloide. Corren, se persiguen, se esconden, caen, exageran. Es evidente que los dibujos animados de hoy responden a otra velocidad y a otra sensibilidad.  Y, sin embargo, bajo todas esas diferencias persiste una continuidad profunda. La infancia sigue encontrando en esos seres de colores una de sus primeras formas de compañía y de protección. Sigue reconociéndose en ellos, midiéndose con sus miedos, ensayando con sus aventuras una educación sentimental temprana. Los dibujos cambian de ritmo, de técnica, de acabado visual, pero conservan intacta su función de ofrecer a la niñez un territorio propio, un refugio imaginario, una primera comunidad emocional.

"Hay quienes también pueden soñar estando despiertos, desde la parte más luminosa de sus mentes buscando ver el futuro”. Ese es el mensaje final de Un futuro prometedor, el cortometraje de animación dirigido por los ilustradores y dibujantes Olga de Castro y Chema García. Una obra que no solo nos interpela, sino que también nos empuja a pensar en esas imágenes del porvenir que, en realidad, ya podrían formar parte de nuestro presente. Sin alardes ni imposturas, desde un estilo de viñeta depurada pero contemporánea, este corto nos coloca frente a lo que somos, a lo que construimos y a la manera en que perseguimos la felicidad. Lo más inquietante es que el futuro al que apunta esta obra ya no pertenece al mañana. Está aquí. Y ese conocimiento nos permite cambiar de rumbo, dar un giro de ciento ochenta grados. Tal vez sea la pregunta más importante de Un futuro prometedor, ¿qué ocurrirá después de ese instante en el que, por fin, comprendamos dónde estamos?

En las últimas semanas he leído y escuchado un par de afirmaciones que pensaba que ya estaban enterradas: “no veo cine español” y “no consumo cine español”. Un país que se vuelve contra su propio cine es un país culturalmente pobre, mísero, mezquino, que se autolesiona. El antiguo discurso que se escuda en que el cine español es siempre el mismo, que vive de subvenciones, no arriesga y solo cuenta moralinas y comedietas, es un cliché gastado, y muy alejado de la realidad. Cuando se habla de cine español se tiende a los relatos construidos muchas veces desde lugares ideológicos o prejuicios culturales. La realidad es justo la contraria: hay muchos títulos recientes que desmontan ese discurso del cine español facilón y complaciente. Más bien tendríamos que hablar de lo contrario, de películas audaces y con posturas morales complejas.

Antes de sentarnos frente a una pantalla, la ficción ya ha sido troceada, comentada con advertencias, memes y cualquier otra cosa. Llegar vírgenes a una historia es casi un milagro. Una película o una serie trabajan con la revelación. El spoiler y el exceso de información arrasan esa arquitectura. Rompe el ritmo interno del relato y lo sustituye por la impaciencia exterior de consumo. Nos incomoda la paciencia. Todo tiene que ser inmediato. Queremos llegar a cualquier cosa antes de tiempo y, a ser posible, explicarlo antes de haberlo pensado. Hay una ansiedad de posesión en esa manera de consumir. Pero lo que está en juego no es solo el misterio narrativo, sino nuestra manera de mirar. Si aceptamos que toda película o serie debe llegarnos ya explicada, acompañada de instrucciones de uso, acabaremos perdiendo el placer más elemental del espectador: entrar en una historia libres, avanzar a tientas, sin comodines. Es decir, mirar con sinceridad por uno mismo.

Además de las virtudes literarias de Javier Cercas, su Soldados de Salamina propone –sin nostalgia, sin complacencia, sin concesiones, sin posturas vacías ni partidistas– la exigencia de indagar en ese pasado de heridas para transitar y entender lo que somos en la actualidad como sociedad y como personas. 25 años después de su publicación, nos vuelve a esconder en el bosque, a buscar en la mirada, a pensar el pasado desde este presente infecto de tinieblas. Seguimos en la cerrazón, sin ética ni moral posible. Y si la novela es inolvidable, la adaptación que hizo en 2003 David Trueba no se queda atrás. En la película, el pasado también es una niebla que entra y sale mientras el presente atosiga con la misma obsesión a Ariadna Gil, el centro de la historia que se lanza a través de esa búsqueda en la que estamos, aún hoy, todos.